Las tardes de medallas que nunca terminaban

En muchos clubes de tenis, el verdadero verano no empieza en las pistas.

Empieza en el frontón.

Ahí siempre hay alguien jugando.

Pelotas golpeando la pared.
Mochilas tiradas en el suelo.
Niños esperando turno con la raqueta en la mano.
Y una frase que se repite durante horas:
—¡Va medalla!

En el Club San Fermín, el frontón es el centro de todo.

Después del entrenamiento.
Después de la piscina.
Antes de comer.
O mientras los mayores ocupan las pistas para jugar dobles.

Todos acaban allí.

Tin, Coco, Sofi, Hugo, Carla o los gemelos Fantasma pueden pasar el día entero entrando y saliendo del frontón como si fuera una extensión natural del verano.

El lugar donde siempre pasa algo

Las reglas cambian constantemente.

A veces juegan medallas.
Otras veces un bajar de diez.
Y otras simplemente golpean la pelota hasta que alguien falla.

No hace falta organizar nada.

El frontón funciona solo.

Uno entra.
Otro sale.
Alguien discute una línea.
Otro pide revancha.
Y cinco minutos después todo vuelve a a empezar.

Lo importante no es ganar.

Es seguir dentro del juego.

El corazón social del club

Durante años muchos niños hicieron ahí sus primeros amigos del tenis.

Porque el frontón mezclaba a todos.

Los pequeños.
Los mayores.
Los que competían mucho.
Los que acababan de empezar.

En las pistas había horarios.
Clases.
Niveles.

Pero en el frontón todo era más libre.

Más caótico.
Más vivo.

Siempre había ruido.
Siempre había movimiento.
Siempre había alguien mirando, esperando turno o animando el siguiente punto.

Y mientras alrededor sonaban chapuzones de piscina, platos de cafetería o partidos de fondo… el frontón seguía funcionando como el verdadero punto de encuentro del club.

Las tardes parecían eternas

Había algo especial en aquellos veranos.

El calor pegado a la pared.
Las botellas de agua medio calientes.
Las camisetas sudadas.
Las zapatillas llenas de polvo.

Y aun así nadie quería marcharse.

Tin y Coco pueden quedarse horas jugando medallas como si el tiempo no existiera. Sofi aparece muchas veces después de la piscina y convierte cualquier rueda tranquila en una competición divertida. Hugo intenta mantener el orden. Los gemelos Fantasma hacen imposible que dure más de cinco minutos.

Y entre punto y punto van pasando las horas.

Hasta que alguien grita desde lejos:


—¡Última y nos vamos!

Pero nunca es la última.

Los clubes han cambiado

Hoy muchas cosas son distintas.

Más horarios.
Más pantallas.
Más estructura.

Y quizá por eso en algunos clubes ya cuesta ver frontones llenos durante toda la tarde.

Antes muchos niños prácticamente vivían allí en verano.

Piscina.
Bocadillo.
Frontón.
Más piscina.
Más frontón.

El tenis no terminaba cuando acababa el entrenamiento.

La verdadera vida del club empezaba después.

Hay recuerdos que todavía suenan igual

Muchos adultos no recuerdan exactamente qué partidos ganaron aquel verano.

Pero sí recuerdan el sonido del frontón.

Tac.
Tac.
Tac.

Las colas para entrar.
Las discusiones absurdas.
Las risas.
Las revanchas infinitas.

Porque algunos de los recuerdos más importantes del deporte infantil no nacen en las finales.

Nacen en esos lugares donde los niños simplemente compartían tardes interminables alrededor de una pelota.

Y quizá por eso tantos frontones siguen teniendo algo especial.

Porque durante muchos veranos no fueron solo una pared.

Fueron el corazón del club.


FAQ — Frontones, medallas y verano en clubes de tenis

¿Qué son las “medallas” en tenis infantil?

Son juegos rápidos muy habituales en clubes de tenis donde los niños compiten en puntos cortos y el ganador continúa jugando.

¿Qué es un “bajar de diez”?

Es una dinámica de frontón donde varios jugadores participan en una rueda continua golpeando por turnos.

¿Por qué el frontón era tan importante en los clubes de tenis?

Porque funcionaba como punto de encuentro social donde los niños jugaban, convivían y pasaban horas practicando juntos.

¿Qué hacía especial al frontón en verano?

La mezcla de juego libre, amigos, piscina, competición informal y sensación de pasar todo el día dentro del club.

¿Por qué muchos adultos recuerdan con nostalgia los frontones?

Porque representan una época donde el deporte infantil estaba muy unido a la amistad, la libertad y las tardes interminables de verano.

 

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Las fichas de Trosma

—Antes de dormir es el momento de preparar la tarea de mañana y no pensar en ganar o perder. Pongamos todo por escrito, será tan fácil como dejar los deberes hechos y podrás descansar tranquilo.

—¿Y cuál es mi tarea? ¿Cómo tengo que jugar con Marco Costa? ¿Y con Dani? ¿Qué puedo hacer para no estar nervioso? —pregunta Tin lleno de dudas.

—Muy buenas preguntas, Tin. Necesitas pensar un poco en el partido de hoy y lo que comentamos analizando a los rivales. Todos los jugadores tienen un patrón, un estilo que se adapta a su cuerpo, a su mente, a sus fortalezas.

—¿Y cuál es el mío?

—Estoy seguro de que ya conoces bien tu patrón y estilo de juego. Es solo cuestión de que reflexiones y lo analices sobre un papel. Yo puedo ayudarte.

La cremallera se abre unos centímetros. De dentro sale una pequeña libreta verde y marrón plastificada. En su interior hay un montón de fichas para cubrir.

—¿Qué son estas hojas?

—¡Tu ficha de jugador! Aquí puedes anotar tus rutinas, tus puntos fuertes, lo que tienes que mejorar.

Tin coge la libreta. La portada tiene su nombre escrito a mano.

Tin, boquiabierto con el detalle de los documentos, empieza por cubrir su propia ficha. En diez minutos ha definido todos sus puntos fuertes y débiles como jugador, su patrón de juego, su potencial físico, técnico y mental. Trosma supervisa cada apunte de su nuevo pupilo.

Lectura y valores

Después del gran día, solo hay un destino que lo pueda mejorar: la piscina del club San Fermín, con zonas de sol y sombra, mucho verde y mucho espacio para nadar y bucear. El agua está un poco fresca de más, pero el calor acumulado disipa las dudas de Tin y sus amigos.

Los niños corren descalzos por el césped y dejan las mochilas en los bancos de piedra. Después de un paso rápido por las duchas, dan un salto, dos ¡y al agua! Tin se sienta en el borde y deja los pies colgando. Apenas tiene tiempo de reaccionar cuando ve que Nico y Dani han cogido su mochila.

—¿Qué hacéis?, dejad ahí mi mochila.

Los gemelos Fantasma forcejean con una de las asas.

—Tranquilo, Tin, solo miramos si llevas piedras dentro —dice Nico.

—¡Dejad mi mochila, Dani! —les grita Tin. Tan rápido como puede, se levanta y camina hacia ellos, pero ya es tarde.

Dani ha dado el tirón final y Nico ha caído al suelo. La mochila vuela por los aires hasta caer al agua. ¡Oh, no! Todos los niños miran la escena atónitos. Tres segundos de silencio.

El Club San Fermín

Tin abre los ojos de golpe y salta de la cama. Busca la mochila, la gorra y la raqueta.

—No, no, no… ¡Son las nueve y veinte! —murmura desesperado—. ¡El autobús sale dentro de diez minutos!

No hay tiempo para nada más. Apurado, baja las escaleras de tres en tres y se agarra fuerte en cada giro del pasamanos. En el último escalón del portal, su pie derecho patina y se resbala, pero no se detiene. Recorre la calle a sprint y a duras penas esquiva a un hombre con un carrito de fruta.

—¡Eh, muchacho, cuidado! —grita el tendero.

Pero Tin no puede frenar. Dobla la esquina de su calle y esquiva a un grupo de turistas. Se baja de la acera y corre por la calle peatonal del pueblo. Atraviesa la plaza a toda velocidad. Las vallas de la fiesta patronal cortan el paso, pero él se cuela por el único hueco libre que queda. ¡Parece una carrera de obstáculos! Tin resopla, pero al final de la calle puede ver la parada. ¡Ya casi está! Aprieta el paso y acelera el ritmo como si estuviera en la final de un Grand Slam.

—¡No, no, no, no!

Desde la puerta del autobús, Sofi asoma medio cuerpo y le hace un gesto de apremio:

—¡Tin, corre!

El motor arranca y empieza a rugir. Tin corre por el asfalto para evitar a la gente que camina hacia la marquesina de la parada. El tubo de escape expulsa una densa bocanada de humo negro que envuelve a Tin y a su mochila. El intermitente izquierdo marca la salida. ¡Se va a ir! Tin pega el último acelerón mientras ve con angustia que el autobús inicia su camino.