Seis historias repartidas en tres volúmenes que combinan aventuras, tenis y crecimiento interior.
El Descubrimiento y el Torneo del Sol inauguran el entorno del Club de Tenis San Fermín. Dos capítulos que marcan el comienzo del camino interior de Tin.
Tin recibe un inesperado regalo en el comienzo de las vacaciones de verano. Una mochila enigmática que cambia su juego interior para siempre.
Llega la primera competición en el Club San Fermín. Las altas expectativas de Tin y el miedo al fallo motivan, con la ayuda de Trosma, la creación de un método de aprendizaje.
El campamento de verano del San Fermín es una referencia para los chicos del club. Intensidad física, táctica, aprendizaje continuo. Trosma continúa con su método en busca del crecimiento de Tin.
La primera excursión tenística fuera del San Fermín supone un desafío personal para Tin y sus amigos. Además de los partidos del torneo, la responsabilidad y los valores son la base de un buen jugador dentro y fuera de pista.
La historia del San Fermín y de su tradición tenística se pone a descubierto en las antiguas instalaciones del Valle verde. El maestro Nicanor parece ser el origen de la Doble T.
Para despedir el verano, el equipo del San Fermín compite contra los mejores equipos de la comunidad. La progresión de cada uno de los chicos, así como los valores de grupo quedan reflejados en una competición para el recuerdo.
En su habitación, Tin cuelga su boletín de notas en el corcho, junto al póster de su jugador de tenis favorito. Mira la foto del último campeón de Roland Garros con el trofeo en alto y se queda ensimismado. ¿Quién sabe? Algún día el de la foto podría ser él. ¡Ojalá!
Con los ojos brillantes de ilusión, coge su raqueta y baja las escaleras de dos en dos para no llegar tarde. Ha quedado con Coco, pero cuando llega, ve que ya lo está esperando en el paredón del barrio.
Coco vive cerca de él, un par de calles más abajo, y está tan loco por el tenis como él. A ambos les encanta quedar por las tardes para entrenar.
—¿Listo para perder en la víspera de tu cumpleaños? —Coco hace botar la pelota en el suelo, preparado para sacar.
—¡Ja! Hoy voy a ser generoso —responde Tin, ya en la posición para recibir—. Te dejaré ganar un par de medallas.
El primero que llegue a cinco puntos, gana. Y así van sumando, una partida tras otra, durante toda la tarde. La pelota golpea la pared una y otra vez, y el eco de cada impacto resuena por todo el patio. Esta es la música de las tardes de entrenamiento improvisado y, para ellos, es el sonido más emocionante del mundo.
Tin está tenso, tiene la respiración un poco acelerada y siente como la pelota de Iker viene con más potencia que la de sus compañeros en los entrenamientos semanales. Cada bola tiene mucho peso y le cuesta mantener el control sobre sus golpes.
—¡Un minuto!, podéis calentar el saque —les recomienda el juez de silla.
Tin lleva solo cuatro minutos en pista y ya siente la superioridad de Iker. Coge las tres bolas para calentar su saque, justo el golpe con el que más le cuesta profundizar. Ejecuta doce saques y mete solo tres; la cosa no pinta bien.
El despertador no tuvo que sonar para que Tin se levantara, porque esta vez ya estaba despierto. Se incorporó en la cama, se frotó los ojos, miró su mochila y sonrió. ¡Todo estaba listo para el primer día del campus de verano de competición!
—¿No prefieres llevar una bolsa más grande? —pregunta su madre desde la cocina.
—Con la mochila voy mejor —responde Tin mientras muerde una tostada—. Cabe todo y es más cómoda.
Al terminar el desayuno, coge su botella de agua, la mete en el bolsillo lateral y se ajusta la gorra. Le da un beso a su madre para despedirse y sale por la puerta con paso muy ligero.
Esta vez llega el primero a la parada de autobús. Nota un ligero movimiento en la mochila y ahí está Trosma.
El domingo, Tin disfrutó de una mañana genial con Trosma preparando el Torneo de la Acampada. No pararon de entrenar ejercicios de saque, de concentración y un poquito de movilidad en el paredón del barrio. Por la tarde, aún hubo tiempo para jugarse unas medallas con Coco, Sofi, y Eva. El día dio para todo y hoy, por fin, es el momento de preparar la mochila y los últimos detalles del viaje. ¡Mañana es el gran día!
La semana promete muchas emociones dentro y fuera de pista. ¡Muchísimas! Es el primer torneo fuera del club San Fermín y es la primera vez que Tin duerme fuera de casa con sus amigos. ¡Van a dormir en una tienda de campaña! ¡Como en las películas! Además, el club les ha regalado ya las nuevas equipaciones. ¡Qué ganas tienen de estrenarlas!
Los chicos bajan del autobús entusiasmados. Antes de entrar en las instalaciones ya ven el cartel de «Club Pet Friendly». Han conseguido que Leo sea la mascota oficial y que pueda vivir en el San Fermín. La comida del peludo es cuestión del equipo, cada semana rotan y todos son responsables de su alimentación.
—Voy a darle a Leo su ración de comida —avisa Sofi a sus compañeros.
—Espera, Sofi, que yo quiero saludarlo. —Coco sale a la carrera detrás de su amiga.
—¡Apurad!, que ya nos están esperando y nos queda mucho camino —advierte Carla.
Es la última semana del campamento de verano que, como todos los años, empieza con una actividad especial: la excursión al Valle Verde.
Por fin ha llegado el día. La última semana del verano trae consigo dos acontecimientos. Por un lado, el final de la época estival, por el otro, la mejor competición del año: ¡la Copa por Equipos!
El autobús del San Fermín está listo en el aparcamiento. Los chicos del club llegan todos uniformados y con las mochilas cargadas de ilusión. Tin, Coco y Alex Marín se bajan del coche corriendo para subirse cuanto antes con todos sus compañeros.
Pepo y el Coronel ordenan las mochilas en el maletero.
—Chicos, vamos rápido, traed vuestras bolsas.
—Yo la tengo que llevar conmigo —les explica Tin a sus entrenadores—, llevo unas galletas para el camino.
Trosma y el amuleto del San Fermín son dos tesoros de los que no se puede separar.
En su habitación, Tin cuelga su boletín de notas en el corcho, junto al póster de su jugador de tenis favorito. Mira la foto del último campeón de Roland Garros con el trofeo en alto y se queda ensimismado. ¿Quién sabe? Algún día el de la foto podría ser él. ¡Ojalá!
Con los ojos brillantes de ilusión, coge su raqueta y baja las escaleras de dos en dos para no llegar tarde. Ha quedado con Coco, pero cuando llega, ve que ya lo está esperando en el paredón del barrio.
Coco vive cerca de él, un par de calles más abajo, y está tan loco por el tenis como él. A ambos les encanta quedar por las tardes para entrenar.
—¿Listo para perder en la víspera de tu cumpleaños? —Coco hace botar la pelota en el suelo, preparado para sacar.
—¡Ja! Hoy voy a ser generoso —responde Tin, ya en la posición para recibir—. Te dejaré ganar un par de medallas.
El primero que llegue a cinco puntos, gana. Y así van sumando, una partida tras otra, durante toda la tarde. La pelota golpea la pared una y otra vez, y el eco de cada impacto resuena por todo el patio. Esta es la música de las tardes de entrenamiento improvisado y, para ellos, es el sonido más emocionante del mundo.
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—Antes de dormir es el momento de preparar la tarea de mañana y no pensar en ganar o perder. Pongamos todo por escrito, será tan fácil como dejar los deberes hechos y podrás descansar tranquilo.
—¿Y cuál es mi tarea? ¿Cómo tengo que jugar con Marco Costa? ¿Y con Dani? ¿Qué puedo hacer para no estar nervioso? —pregunta Tin lleno de dudas.
—Muy buenas preguntas, Tin. Necesitas pensar un poco en el partido de hoy y lo que comentamos analizando a los rivales. Todos los jugadores tienen un patrón, un estilo que se adapta a su cuerpo, a su mente, a sus fortalezas.
—¿Y cuál es el mío?
—Estoy seguro de que ya conoces bien tu patrón y estilo de juego. Es solo cuestión de que reflexiones y lo analices sobre un papel. Yo puedo ayudarte.
La cremallera se abre unos centímetros. De dentro sale una pequeña libreta verde y marrón plastificada. En su interior hay un montón de fichas para cubrir.
—¿Qué son estas hojas?
—¡Tu ficha de jugador! Aquí puedes anotar tus rutinas, tus puntos fuertes, lo que tienes que mejorar.
Tin coge la libreta. La portada tiene su nombre escrito a mano.
Tin, boquiabierto con el detalle de los documentos, empieza por cubrir su propia ficha. En diez minutos ha definido todos sus puntos fuertes y débiles como jugador, su patrón de juego, su potencial físico, técnico y mental. Trosma supervisa cada apunte de su nuevo pupilo.
Después del gran día, solo hay un destino que lo pueda mejorar: la piscina del club San Fermín, con zonas de sol y sombra, mucho verde y mucho espacio para nadar y bucear. El agua está un poco fresca de más, pero el calor acumulado disipa las dudas de Tin y sus amigos.
Los niños corren descalzos por el césped y dejan las mochilas en los bancos de piedra. Después de un paso rápido por las duchas, dan un salto, dos ¡y al agua! Tin se sienta en el borde y deja los pies colgando. Apenas tiene tiempo de reaccionar cuando ve que Nico y Dani han cogido su mochila.
—¿Qué hacéis?, dejad ahí mi mochila.
Los gemelos Fantasma forcejean con una de las asas.
—Tranquilo, Tin, solo miramos si llevas piedras dentro —dice Nico.
—¡Dejad mi mochila, Dani! —les grita Tin. Tan rápido como puede, se levanta y camina hacia ellos, pero ya es tarde.
Dani ha dado el tirón final y Nico ha caído al suelo. La mochila vuela por los aires hasta caer al agua. ¡Oh, no! Todos los niños miran la escena atónitos. Tres segundos de silencio.
Tin abre los ojos de golpe y salta de la cama. Busca la mochila, la gorra y la raqueta.
—No, no, no… ¡Son las nueve y veinte! —murmura desesperado—. ¡El autobús sale dentro de diez minutos!
No hay tiempo para nada más. Apurado, baja las escaleras de tres en tres y se agarra fuerte en cada giro del pasamanos. En el último escalón del portal, su pie derecho patina y se resbala, pero no se detiene. Recorre la calle a sprint y a duras penas esquiva a un hombre con un carrito de fruta.
—¡Eh, muchacho, cuidado! —grita el tendero.
Pero Tin no puede frenar. Dobla la esquina de su calle y esquiva a un grupo de turistas. Se baja de la acera y corre por la calle peatonal del pueblo. Atraviesa la plaza a toda velocidad. Las vallas de la fiesta patronal cortan el paso, pero él se cuela por el único hueco libre que queda. ¡Parece una carrera de obstáculos! Tin resopla, pero al final de la calle puede ver la parada. ¡Ya casi está! Aprieta el paso y acelera el ritmo como si estuviera en la final de un Grand Slam.
—¡No, no, no, no!
Desde la puerta del autobús, Sofi asoma medio cuerpo y le hace un gesto de apremio:
—¡Tin, corre!
El motor arranca y empieza a rugir. Tin corre por el asfalto para evitar a la gente que camina hacia la marquesina de la parada. El tubo de escape expulsa una densa bocanada de humo negro que envuelve a Tin y a su mochila. El intermitente izquierdo marca la salida. ¡Se va a ir! Tin pega el último acelerón mientras ve con angustia que el autobús inicia su camino.