El niño que lleva la raqueta a todas partes

Siempre hay uno.

El niño que aparece con la raqueta incluso donde no hace falta.

En el coche.
En la cafetería.
Camino de la piscina.
O sentado en el bordillo mientras espera a sus amigos.

Como si soltarla demasiado tiempo fuera imposible.

La raqueta como parte del verano

En el Club San Fermín, Tin muchas veces termina llevando la raqueta durante todo el día.

La deja junto a la piscina.
La apoya en la verja del frontón.
La vuelve a coger aunque solo vaya “un momento” a otro lado.

Porque cuando un niño se enamora de un deporte, pasan estas cosas.

Mucho más que jugar

No es obsesión.

Es ilusión.

Pensar en golpes incluso fuera de la pista.
Imaginar partidos.
Querer volver a jugar todo el tiempo.

Muchos adultos recuerdan perfectamente esa sensación.

La de sentir que el tenis ocupaba el verano entero.

Hay pasiones que empiezan así

Una raqueta demasiado grande.
Una mochila llena de arena.
Y un niño que todavía no sabe que está construyendo algunos de los recuerdos más importantes de su infancia.

Porque a veces crecer en el deporte empieza simplemente así:
sin querer separarse nunca demasiado de una raqueta.


FAQ — Pasión infantil y tenis

¿Es normal que un niño piense constantemente en tenis?

Sí. Cuando disfrutan mucho de un deporte suelen integrarlo en gran parte de su día a día.

¿La pasión deportiva aparece desde pequeños?

Muchas veces sí. Algunos niños desarrollan una conexión muy fuerte con el deporte desde la infancia.

¿Por qué algunos niños llevan siempre la raqueta encima?

Porque representa ilusión, identidad y ganas constantes de jugar.

¿Es positivo que un niño disfrute tanto del tenis?

Sí, siempre que siga viviendo el deporte con diversión y equilibrio emocional.

¿Qué representa la raqueta en Tin&Tros?

Representa pasión, infancia y el vínculo emocional que muchos niños crean con el tenis.

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Las fichas de Trosma

—Antes de dormir es el momento de preparar la tarea de mañana y no pensar en ganar o perder. Pongamos todo por escrito, será tan fácil como dejar los deberes hechos y podrás descansar tranquilo.

—¿Y cuál es mi tarea? ¿Cómo tengo que jugar con Marco Costa? ¿Y con Dani? ¿Qué puedo hacer para no estar nervioso? —pregunta Tin lleno de dudas.

—Muy buenas preguntas, Tin. Necesitas pensar un poco en el partido de hoy y lo que comentamos analizando a los rivales. Todos los jugadores tienen un patrón, un estilo que se adapta a su cuerpo, a su mente, a sus fortalezas.

—¿Y cuál es el mío?

—Estoy seguro de que ya conoces bien tu patrón y estilo de juego. Es solo cuestión de que reflexiones y lo analices sobre un papel. Yo puedo ayudarte.

La cremallera se abre unos centímetros. De dentro sale una pequeña libreta verde y marrón plastificada. En su interior hay un montón de fichas para cubrir.

—¿Qué son estas hojas?

—¡Tu ficha de jugador! Aquí puedes anotar tus rutinas, tus puntos fuertes, lo que tienes que mejorar.

Tin coge la libreta. La portada tiene su nombre escrito a mano.

Tin, boquiabierto con el detalle de los documentos, empieza por cubrir su propia ficha. En diez minutos ha definido todos sus puntos fuertes y débiles como jugador, su patrón de juego, su potencial físico, técnico y mental. Trosma supervisa cada apunte de su nuevo pupilo.

Lectura y valores

Después del gran día, solo hay un destino que lo pueda mejorar: la piscina del club San Fermín, con zonas de sol y sombra, mucho verde y mucho espacio para nadar y bucear. El agua está un poco fresca de más, pero el calor acumulado disipa las dudas de Tin y sus amigos.

Los niños corren descalzos por el césped y dejan las mochilas en los bancos de piedra. Después de un paso rápido por las duchas, dan un salto, dos ¡y al agua! Tin se sienta en el borde y deja los pies colgando. Apenas tiene tiempo de reaccionar cuando ve que Nico y Dani han cogido su mochila.

—¿Qué hacéis?, dejad ahí mi mochila.

Los gemelos Fantasma forcejean con una de las asas.

—Tranquilo, Tin, solo miramos si llevas piedras dentro —dice Nico.

—¡Dejad mi mochila, Dani! —les grita Tin. Tan rápido como puede, se levanta y camina hacia ellos, pero ya es tarde.

Dani ha dado el tirón final y Nico ha caído al suelo. La mochila vuela por los aires hasta caer al agua. ¡Oh, no! Todos los niños miran la escena atónitos. Tres segundos de silencio.

El Club San Fermín

Tin abre los ojos de golpe y salta de la cama. Busca la mochila, la gorra y la raqueta.

—No, no, no… ¡Son las nueve y veinte! —murmura desesperado—. ¡El autobús sale dentro de diez minutos!

No hay tiempo para nada más. Apurado, baja las escaleras de tres en tres y se agarra fuerte en cada giro del pasamanos. En el último escalón del portal, su pie derecho patina y se resbala, pero no se detiene. Recorre la calle a sprint y a duras penas esquiva a un hombre con un carrito de fruta.

—¡Eh, muchacho, cuidado! —grita el tendero.

Pero Tin no puede frenar. Dobla la esquina de su calle y esquiva a un grupo de turistas. Se baja de la acera y corre por la calle peatonal del pueblo. Atraviesa la plaza a toda velocidad. Las vallas de la fiesta patronal cortan el paso, pero él se cuela por el único hueco libre que queda. ¡Parece una carrera de obstáculos! Tin resopla, pero al final de la calle puede ver la parada. ¡Ya casi está! Aprieta el paso y acelera el ritmo como si estuviera en la final de un Grand Slam.

—¡No, no, no, no!

Desde la puerta del autobús, Sofi asoma medio cuerpo y le hace un gesto de apremio:

—¡Tin, corre!

El motor arranca y empieza a rugir. Tin corre por el asfalto para evitar a la gente que camina hacia la marquesina de la parada. El tubo de escape expulsa una densa bocanada de humo negro que envuelve a Tin y a su mochila. El intermitente izquierdo marca la salida. ¡Se va a ir! Tin pega el último acelerón mientras ve con angustia que el autobús inicia su camino.